domingo, 31 de mayo de 2009

Llorando como Héctor

Abres los ojos en los ojos cerrados de los muertos
y así despiertas en el desaire que buscabas.
Lavándote las manos que les cruzan el pecho
evitas conversaciones indagatorias sobre un pasado
que ya no recuerdas.
De igual manera escapas de las sombras del árbol
y sus raíces;
De los frutos que no te conviene probar.

Y llegas así desnudo a la tumba de los dioses,
a leer en tus venas como los hombres pusieron en ti
los demonios que eres,
a caer en la boca del huracán
quien pronuncia tu nombre
mientras miles de espejos circundantes
sufren tu horrible cara de ayer y hoy.

Mas eres lo que quieres y lo reniegas mucho:
Cielo vértigo de un abismo, cielo sonámbulo
de las cinco menos cuarto de la mañana;
Oscuro, pantanoso, huraño y frío.
Cielo por el que nadie daría mucho
-cielo que nadie percibe-
del que nadie espera nada.

Mas tú bien sabes, las cuchillas son muchas al fantasear
y te clavan asesinos en la espalda.
Por eso, arrastrando los ladridos de tus pasos he sentido
como llevas por las calles tu animalesco mal,
teniendo esa fea costumbre de aparecer montado
en las maldiciones masticadas por los mudos,
de hacer trucos de mal gusto en medio
de esa gente linda de ropita extraña.
Has despertado entre muertos tantas ocasiones,
lejos del fluir multicolor de los ríos de noviembre.
Apareciendo tú, pues inútil,
como el ganso desorientado;
que adentrándose en la densa atmósfera de una piedra
sueña con llorar e incendiarse...

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