jueves, 9 de abril de 2009

Eterno por inmersión

Es el mar quien ha escupido
mi cadáver tres días después
del naufragio del corazón.

Las algas fueron mis madres pacientes,
los peces mis hermanos con quienes dormí
en remolinos de las aguas turbias.

Y vos, mar implacable, fuiste con tu cabellera azul
bebiéndote hasta la última gota de mi vida…

¿Es risa macabra, esa ola que no podés ocultar entre quijadas?
¡Asfixiante tu poderoso brazo ciñendo mis pulmones!

Pero me has enviado a los hombres de nuevo
sólo para podrirme en la tierra.
Porque en verdad que soy de polvo
y tengo que volver a la tierra.
Vos, mar de siempre,
sabés que no soy pez para tornarme espuma…

Muy adentro,
anduve entre bestias inimaginables.
Conocí tus tenebrosos sueños,
lo que nadie imagina
y se quedan en el misterio como tesoro enterrado.

Ahí estuve como Cristo en el sepulcro tres días
sumergido en las ondas del pacífico,
en la desesperación atlántica de tus venas.

Y desde tus entrañas nací para la muerte
arrullado por el canto de los marineros
que alguna vez te surcaron sin regresar a casa.

Me coronaron los besos
y las caricias verdes e hinchadas
de las muchachas a quienes desposaste
y nunca más devolviste.

Distinguí en la oscurana de tu manto
los restos de las naves hundidas de todos los tiempos:
transatlánticos lujosos. Barco pirata.

Montano en tus potros salvajes de arrebato y fuerza,
me llevaste a recorrer
las calderas donde duermen los maremotos.

Conocí tu nombre y tu asma.

Y hoy tu sal
ha quedado en mi sangre inútil
Como un pequeño hijo tuyo que vive de mi muerte.

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