martes, 14 de abril de 2009

Rolando

Eras trozo de plastilina en manos de niños malvados.
Ala rota de la tarde.
Ya sin horizontes donde volar
fuiste lágrima atrás de la carcajada deforme de tus días.

Hoja que temblaba en la garra del otoño,
ardilla congelada en el vientre de otro invierno.

Para vos, hombre sin nombre aún,
todo el tiempo era verano en calzoneta y sonrisa.

Te faltaron agallas para verle la cicatriz eterna al dolor.
Para aprender de la mudez de la muerte y seguir sus huellas.

Necesitabas quedarte solo, encima de las muchedumbres.
Debías ser arrojado a los abismos y regresar como un dios
de otro nombre.
Nunca fuiste digno. No era el tiempo.

Con ingratitud te besaron las mejillas,
Vos lamías aquellos ojos pendencieros.

Te faltaron más revólveres y menos sueños.
Menos máscaras y más instinto.

Debías golpear, sacudir parte por parte las constelaciones
No ser ese trapo tendido de una esperanza inútil;
Te Convenía correr por las ciudades sombrías,
embarcarte infierno adentro más allá de los parques
y sus fantasmas.
No tenías tiempo.
En cada paso te volvías a traicionar a vos mismo.

Cantabas a sus antojos,
a sus miserables ambiciones,
a sus pasiones de cristal inmundo.

No tenías tiempo para defenderte,
ahora no puedes redimirte…
Por ello y por lo demás,
que de tu nombre no nos quede ni el rastro
cuando las multitudes nos pronuncien.

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