domingo, 29 de marzo de 2009

Me arrojo al oído de la música

Me arrojo a la sed por la miel de las sombras
sin más saco que mi propio estómago
y su ondulado vacío.

Los pequeños dedos de las distancias
se hunden en un mar de papel ajeno a mi mente,
porque por la carretera de la imaginación:
La tos legendaria de un tomate.
Sin rostros vagan los pasos en San Salvador.
Sin nombre se pronuncian sus vientos.

(Hombres íntegros,
dejad que los borrachos de la calle
también comulguen los domingos
para ello Jesús, sin usuras, convirtió el agua en vino…)

Ya es hora que los relojes
se enteren que la eternidad les queda muy grande.

Me arrojo entre las libertades por todos los pétalos,
morder las bocas que una vez se rehusaron besarme.

Me arrojo para ya no reconocerme bajo
el dedo que acusa terrible.

Ya es hora que los relojes
marquen la hora de su propia muerte.

Que en adelante
todo sea excremento azul
de oruga nunca antes visto...

Me arrojo a la sed por la sombra de los caminos de la sal amarga
y no llevo otro sombrero más que el primer sueño de juventud.

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