Cabalgas tu gusano muerto a corazón traviesa
y das tu lodo para edificar voces en los pantanos.
Trascribes en beso descomunal tus pesadillas.
Vuelves a creer redescubrirte en la sangre que aún te queda.
Poco o mucho, eso ya no importa.
Todo es pequeño y mortífero en el hielo que te traga.
Y la muerte y el gusano te apodan “manteca.”
Y vos dormido junto al terremoto,
y vos dormido cuando nos llueve
una sinfonía eléctrica de fogatas insólitas.
Fue el calvario de un sol llevado en cadenas hasta las tinieblas
el que cantaste con veintitrés años de retraso.
Ahora sos vos, arrastrado hasta al fondo de otro vos y sin remedio,
cayendo desde los balcones con tu olor a tragedia y a metáfora.
No querías encontrar la flor del bullicio
cortada de su frente en el espejo marino que te miraba.
Y era un sobresalto el silbido del bosque tocándote la frente,
pero hoy ya no hay bosque y la gente no escucha los pantanos.
Ahí solo existís vos,
abrazado a la más fácil
manera de grito y siniestro.
Ajusticiado, como por un filazo
de luz al abrirse todos los acertijos.
Y este universo humeante
hincado en los ojos de un diablo
es todo lo que queda del cielo que soñaste.
Yace tu cuerpo fuera de tu cuerpo.
Tus palabras giran, se anillan a las puertas
para hacerte invisible y vuelven a decirse
cuando crees redescubrirte en la sangre que aún te queda.
Mas te han levantado de tu delirio
a escupidas y zarpazos,
niño de caverna que osó
derramar todo el diluvio en la mitad de una lágrima
y de digerir todas las profundidades
que asistieron a su alma, descubiertas.
Sos vos todo el edén clausurado.
Sos vos el largo dedo que te acusa.
Sos el dios quien te expulsó de ti mismo.
Ahora muge sobre los despojos de las mariposas y cigarras
a quienes fuiste traicionando junto a los calderos y sobre las cruces.
Aborda tu burbuja cósmica.
Que tu paso dé razón a la distancia de esta noche,
en que las estaciones danzan, con cierto repique de esqueleto,
al borde de esta copa llena de mansiones oscuras y ladridos.
Y en el silencio más amargo, y en la carcajada más grotesca;
Que en la escena exacta de un final deliberado
sea tu cabeza oblonga la que decore la entrada a este valle
de celebración feroz y siniestras alegrías…
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